Bruselas, 13/10/2011, Francesco Filippi.


Bruselas es considerada la Capital de Europa, por los menos así lo reiteran las vallas publicitarias de la ciudad, las guías y los panfletos turísticos. Bruselas es una babilonia de idiomas, que a todas horas se escuchan en sus calles y cervecerías. Es también la sede de las instituciones de la Unión Europea, que dedica una parte considerable de su presupuesto a traducciones e interpretaciones, para que los europeos nos entendamos y superemos las barreras lingüísticas que fragmentan nuestro destino común.
Bruselas es una ciudad importante, el centro de la atención de todo el mundo. Ha sido construida con el sudor de hombres y mujeres procedentes de muchos países, que en las calles y minas de Bélgica han creado con su trabajo las bases del bienestar hoy puesto en peligro por las crisis financiera, económica, ambiental, social y antropológica que estamos viviendo.
La inmigración es un hecho insorteable de la capital de Europa. Es fácil detectar las características y las procedencias de los sucesivos  flujos migratorios que han llegado a esta zona del viejo continente.
En muchos restaurantes los dueños, los camareros o los cocineros son italianos o griegos, en gran parte de segunda generación. En el barrio de Marolles se encuentran centros de encuentro donde españoles juegan a las cartas y mantienen tradiciones gastronómicas. Italiano es el origen también del líder político que podría formar  gobierno en Bélgica, después de casi un año y medio de desencuentros entre las diferentes comunidades que componen este pequeño pero diverso país. Las segundas generaciones de inmigrantes ya forman parte de todos los estratos sociales de Bélgica y de sus elites, dando forma a una compleja construcción cultural y social.
Hoy los inmigrantes ya no proceden del Sur de Europa. Es especialmente en Anderlecht, un barrio antaño considerado obrero, donde la “superposición” de los diferentes flujos migratorios es más visible. La cafetería Iberia, cerca de las Puertas de Anderlecht, abierta por inmigrantes españoles décadas atrás, hoy es un salón de té donde las tardes de los fines de semana se reúnen decenas de hombres norteafricanos para tomar té a la menta. Las carnicerías Halal son numerosas, así como los restaurantes libaneses, asiáticos y africanos.
El Barrio Europeo está a pocas paradas de metro de Anderlecht, no obstante parece estar a años luz. En el Barrio Europeo encontramos el terciopelo de la burocracia europea, los funcionarios amables y poliglotas, los políticos poco influyentes debido a las limitadas competencias del Parlamento Europeo y los tecnócratas omnipotentes. El barrio europeo es donde se concentran los lobbies de todo el mundo: empresas y regiones, instituciones y organizaciones tienen su oficina, para estar cerca de las instituciones comunitarias e influir en ellas a través de una forma particular de participación, cuyo valor democrático y representativo es cuanto menos cuestionable. La burocracia europea todo lo tiene organizado, en un afán de orden y barniz de trasparencia. Si quieres ser un interlocutor de las instituciones comunitarias existe un registro disponible por internet, para que todos sepan quien está en los corredores del poder europeo. Cada organización emite informes y opiniones, esperando que sus posicionamientos modifiquen, influyan o se integren en los dilatados procesos de decisión de la UE.
El barrio europeo es el símbolo de la Europa unida, de la experiencia económica, política y social de cohesión que ha asegurado a nuestro continente 60 años de paz, después de que dos guerras mundiales fratricidas en pocos años arrasaran el continente.
Sin embargo, el barrio europeo representa hoy el Aventino de la tecnocracia desnuda ante el vacío político que llena las salas de los edificios emblemáticos de la Unión Europea.
En estos días, miembros del gobierno alemán afirman que la UE debería ampliar la discusión sobre su futuro y no limitarse a buscar fórmulas para ampliar el fondo salva-estados o para la recapitalización de los bancos. La candidata a las primarias del partido socialista francés, Martine Aubry apuesta por la integración comunitaria, y afirma que fortalecerá el eje franco-alemán para relanzar la UE.
Nos espera un futuro lleno de cumbres, declaraciones y largo procesos de negociación entre gobiernos. Un futuro en que las decisiones clave para nuestro continente serán sometidas a influencias y lobbies privados, y sobretodo serán alejadas de la realidad progresivamente más común que caracteriza nuestro continente.
El proyecto de Europa unida abandona cada vez más las ideas visionarias que en los años cuarenta llevaron un grupo de intelectuales europeos, víctimas de la persecución nazi fascista,  a firmar el Manifiesto de Ventotene, donde se plasmaba el proyecto de una Europa federal como antídoto contra la guerra y los destrozos del nacionalismo.
La soberanía del pueblo,  base de todas las democracias europeas, es un concepto ajeno a los mecanismos de la Unión Europea, una construcción institucional vertical, cuya cúpula está a años luz de la base.   
La complejidad y el potencial, las pulsiones, los malestares y las pequeñas grandes victorias diarias de la convivencia de nuestras calles y plazas multiculturales, como las de Anderlecht, no entran en los discursos economicistas y tecnócratas de nuestra Unión.
La integración europea es la única vía de salida de la compleja situación actual. Sin embargo, la integración europea sólo tendrá éxito si se reformula la estructura institucional en que se basa hoy la Unión, asegurando una transmisión real y democrática de la voluntad popular en los órganos de decisión. En un momento histórico en que la democracia representativa muestra sus debilidades y es criticada por movimientos de alcance global a favor de una mayor participación, no podemos conformarnos con una Unión Europea en la cual la toma de decisiones está en manos de instituciones en gran parte ni siquiera representativa y conformada en base a equilibrios inter-gubernamentales.
Confirmando que un destino común une a Europa desde muchos años antes que empezara la construcción de la Europa unida, las conchas de Santiago en las aceras de Bruselas indican que el Camino pasa por Anderlecht. Probablemente, también el camino de Europa pasa por Anderlecht, por entender y reflejar la sociedad compleja y pujante que ahora mismo se pretende gobernar desde despachos de terciopelo.

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